EL ENEMIGO EN TUS ENTRAÑAS -Capítulo 1 –

814. El año en que moría el emperador Carlomagno, dejando un imperio que se desmoronó rápidamente por la debilidad de sus sucesores, enfrascados en luchas fratricidas además de la inestabilidad provocada por las invasiones de pueblos extranjeros tales como los normandos, húngaros y musulmanes: esta situación tan confusa propició el feudalismo. Los grandes funcionarios del Imperio Carolingio, condes y duques, ante la debilidad de los monarcas, acabaron actuando como dueños de las tierras, que en teoría, sólo gobernaban en el nombre del Rey.

En el desorden provocado por las continuas guerras, contra pueblos invasores y entre los señores poderosos, poco podían hacer los campesinos. El monarca no podía protegerles debido a no contar con ejército suficiente para imponer su autoridad a los señores poderosos. Por esto, a los campesinos no les quedó más remedio que acudir al señor feudal más influyente, el más cercano, para poder refugiarse y convertirse en sus siervos y vasallos. La situación se volvió insostenible para los monarcas, que acabaron ordenando al campesinado que se sometiera al señor feudal, que les protegería a cambio de servirle incondicionalmente.

Durante el feudalismo –derivado del latín feudum –, la autoridad se organizaba a raíz de una pirámide de poder: desde el rey que estaba en la cumbre a los campesinos que estaban situados y considerados como la parte más baja de la sociedad.

En aquellos tiempos convulsos, Natalio era el Duque de Agua de Rosas, vástago de un señor poderoso al que odiaba por haber aceptado de buena gana el feudalismo, del que se consideraba enemigo acérrimo.

Natalio consideraba injusta la manera en que la sociedad había quedado dividida, estructurada a su parecer “de una manera tan egoísta”. Era en sus entornos el principal defensor de los pobres y despreciaba a la clase alta, a gente como su padre, que se había enriquecido sobremanera tras aceptar ser señor feudal. Pero al padre de Natalio poco le habían durado sus ínfulas de poderoso, pues tanto él como su esposa fueron asesinados por los musulmanes. Natalio se había vengado de la muerte de sus progenitores acabando con sus asesinos; tomarse la justicia por su mano era su especialidad.

Natalio estaba locamente enamorado de una bella muchacha de familia acomodada, Marlene, más conocida en los alrededores como la Condesa del Salmón Ahumado. Hija del conde de igual título, que respondía al nombre de pila de Altoimperio, un honorable caballero muy respetado por toda la región de Castilla La Vieja. Nadie sabía que Altoimperio había traicionado al mismísimo Carlomagno tras su muerte apropiándose de unas tierras que pertenecían al emperador.

Marlene era muy feliz, aunque también se sentía algo desdichada, pues tenía que ocultar su amor por Natalio, al que su familia, pese a tratarse de un duque, consideraba un rebelde por ser enemigo del sistema feudal.

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