Sejo, Imperdonable Traición. Capítulo 10: Deseando perder de vista a mi familia.

Deseando perder de vista a mi familia, así estaba yo pocos días después de que mi abuelo convenciera a mi padre de comprarme el móvil, pues por lo visto se había visto obligado a “pagar” el daño emocional que me estaba causando con su desprecio, con su rechazo.

Mi abuela se quedó perpleja cuando yo le contaba todo. Me daba la razón cuando yo le decía que deseaba cuanto antes irme lejos y perderles de vista, no solo a él, sino a mi madre y mi hermana, sin mencionar a mi hermano pequeño, el que menos culpa tenía de todo. Pablito se ponía muy triste al ver como me trataba mi padre, y más de una vez me dijo algo así como “yo creo que a papá le das asco por ser gay”. Y eso con menos de 10 años.

Mi madre luchaba entre la espada y la pared, pero ella nunca me ha odiado. Me quiere mucho y lo sé, por eso me defendía cuando mi padre se metía conmigo. Mi hermana también era una de las afectadas por los malos humos que a veces se gastaba mi padre. Por culpa de él, su amistad con Beli se había visto amenazada por lo mal que se comenzó a llevar con Junio Martín, el que fuera su gran amigo tiempo atrás, por asuntos de trabajo. María Eusebia, la madre de Belinda, estaba comenzando a presionar a su hija para que no se juntara tanto con mi hermana, y todo por culpa del que no hace falta nombrar.

Jacinta Domínguez es la abuela materna de mi prima Rubí; la madre de mi tía Paz. Fui a visitar a Jacinta, quien se quedó muda por lo que le contaba de mi padre, repitiendo mis palabras acerca de cómo siempre “se hace la víctima”. Puso verdes a los Testigos en general por culpa de su actitud pronunciando frases como: Eso desde luego no es propio de alguien que va hablando del reino de Dios predicando por las casas y las calles”.

Mi abuela Juani se escandalizó al oír lo que Jacinta me había contado sobre la mala imagen que tenía de los Testigos por culpa de la actitud que había visto en mi padre. Pero se echó a reír conmigo cuando le conté que nos habíamos reído un poco al recordar los buenos y divertidos momentos que había pasado con la prima Rubí, cuando estuve en su casa el pasado año.

Mi abuelo Florencio llegó del Caprabo cargado con bolsas y se alegró al verme allí, pues quería saber cómo iba mi búsqueda de trabajo.

YO: Pues, sigo en la búsqueda, pero la verdad no tengo ganas de trabajar aquí. Estoy deseando perderles de vista. No puedo más. Es que vivir en casa me supone una dura prueba, no exagero…

JUANI: Ya lo sabemos, hijo, es muy fuerte que tengas que pasar por algo así.

En casa la tensión cortaba de raíz el ambiente a lo bestia. Muchas veces incluso había tenido pesadillas con que mi padre me mataba o me daba tal paliza que acababa en la UVI. Esto puede parecer muy fuerte, pero por desgracia, fue así. Tuve mucho miedo. Sólo me consolaba que mi madre estuviera allí. Me daban arcadas solo de pensar en lo que hubiera sucedido si mi madre hubiera perdido la vida cuando dio a luz a Pablo por cesárea, y es que por casi no lo cuenta. No quería ni pensarlo, qué sería de mí, si yo estuviera en esta situación solo en casa con mi padre y mi hermana, ambos al parecer cortados del mismo molde. O mejor dicho: de tal palo, tal astilla. Seguro que hubiera tenido que irme a vivir con mis abuelos, porque la vida sin mi madre en casa sería un infierno eterno y sempiterno.

Días después, llamé a Sejo por teléfono y hablamos casi por media hora, durante la que me preguntó qué diantre pasaba en casa y yo se lo conté con todo detalle. Se quedó flipando. Nos tiramos hablando casi tres horas. Tuve que colgar, era obvio, antes de llegar a mi portal.

Empezaba el mes de mayo y yo estaba ya más que harto de estar en casa, por lo que comencé a planear la manera de regresar a Madrid, más aún cuando mi padre dijo que si seguía estando expulsado, no quería que viviera en casa. Mi madre no daba crédito a lo que estaba escuchando. A las claras, mi padre me estaba echando de casa. A mediados de mayo, mi amigo Jose Luis Ruiz, que tenía 47 años, me dijo que iba a ir uno de los fines de semana de ese mes a Torrevieja, lo que me alegró, pues así le hablaría de mis planes de irme a Madrid.

El día 12 de mayo fui a la biblioteca y allí conocí a una belleza escultural que se sentó a mi lado. Una rubia bellísima de nombre Alcira Arismendi. Su nombre me encantó. Conectamos muy rápido. Ese mismo día me invitó a tomar un café en el Casino de Torrevieja, un lugar que desde entonces, me encanta. Alcira se alegró mucho de que estuviera escribiendo una novela que llevaba su nombre.Me contó que venía de Venezuela y que llevaba tan solo dos meses en Torrevieja, pero que había vivido en Madrid un año muy cerca del barrio de mi prima Silvia, sólo que ella vivía en Plaza Elíptica, zona que yo conocía muy bien.

Alcira se quedó sorprendida al saber cómo me trataba mi padre, pues con el pasar de los días nos hicimos confidencias de todo tipo y ella llegó a convertirse en mi ángel de la guarda, mi mejor amiga.

Jose Luis llegó a Torrevieja el viernes 16, cuando yo le dije a Alcira que si tuviera la oportunidad me iría a Madrid sin pensarlo, pues ya estaba harto de todo y deseaba perder de vista a mi familia.

ALCIRA: La verdad que me daría mucha pena que te fueras, me caes muy bien.

YO: No te preocupes, no me puedo ir todavía por falta de dinero, primero tendré que encontrar un trabajo para poder irme a Madrid. Y cuando tenga un trabajo, pues tendré que ahorrar.

Jose Luis no vino sólo a Torrevieja, sino con su madre, que tenía 83 años y estaba enferma de reuma. El sábado planeamos vernos en el Boys, pub de ambiente gay de La Mata. Nos vimos a eso de las doce de la noche y me invitó a un cubata cuando llegué al Boys, en el que sólo había tíos mayores de 30 años. Como una hora después, salimos del Boys y me llevó a su coche, donde me regaló unos discos de música variada, lo que le agradecí. Después me llevó a El Moncayo, un paraje de ambiente cercano a la playa de Guardamar del Segura. El Moncayo era una especie de picadero donde algunis clientes del Boys llevaban a sus ligues de turno si no tenían sitio donde fornicar a gusto.

Ya en El Moncayo, me empezó a tocar y lo hicimos lentamente, pero sin penetración, ya que yo no tenía muchas ganas de ser penetrado. Poco después me llevó a casa, donde caí en la cuenta de que se me había olvidado preguntarle si podía irme con él a Madrid al día siguiente. Le mandé un mensaje al móvil preguntándoselo. Después, me acosté nervioso. “Si pudiera irme sería perfecto, pues al llegar a Madrid, me iría directamente a casa de la prima Silvia. Ojalá salga bien, porque lo tengo todo calculado. Si todo sale bien, este viaje será un éxito total y rotundo”, pensé. La última frase se me había pegado del divertido personaje de Vilma en la telenovela Secreto de Amor. Mi prima me había dicho que podría ir a su casa si me veía obligado a volver a irme de Madrid, por eso no tenía que preocuparme.

Al día siguiente, quedé con Alcira para ir juntos a la Playa del Cura, donde no dejábamos de hablar sobre el que podría ser mi próximo viaje a Madrid si Jose Luis no tenía ningún problema en llevarme en su coche.

Jose Luis leyó el mensaje que yo le había enviado por la noche cuando se levantó y me llamó para darme la respuesta: “Claro que te puedes venir en mi coche, pero sólo te voy a pedir una cosa: tenemos que ser discretos, pues no iremos solos. Viene mi madre, que como ya sabes vino conmigo”.

Su madre se llamaba Vicenta Dicenta. Yo le prometí a Jose Luis que sería discreto.

JOSE LUIS: De acuerdo. Entonces te recojo a las tres de la tarde en la Estación de Autobuses de Torrevieja. ¿Te viene bien a las tres?

YO: Sí, a esa misma hora.

JOSE LUIS: De acuerdo, pues allí nos vemos.

Llamé a mi madre para avisarle de que me iba a Madrid ese mismo día, pidiéndole que me preparase algunas cosas. No estaba muy de acuerdo en que me fuera. Escuché por detrás cómo mi padre decía que me fuera sin nada, es decir, con lo puesto.

ESTA OBRA ESTÁ PROTEGIDA POR COPYRIGHT. ORIGINAL DE ISMAEL GOMEZÍA, PUBLICADA CON PSEUDÓNIMO GATO SOL RUBIO EN ABRIL DE 2012. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

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