SEJO, IMPERDONABLE TRAICIÓN. Capítulo 4: UN DESEO AL 2003

Solo quedaban tres minutos y mi tío echó champagne en las copas a fin de tomarlo tras las campanadas. El reloj de la Puerta del Sol ya daba los cuartos, y comencé a prepararme para recibir al 2003 con ansias de madurar más y a ser posible cambiar la actitud de mi padre hacia mí, lo que no sería cosa fácil. Y por fin se fue el 2002 y nació el 2003, un año en el que tenía fe, esperanzas, ilusiones, sueños por cumplir. Nos dimos besos y abrazos entre todos. Aunque nadie dijo “Feliz año”, yo se lo desee de todo corazón a todos, y por supuesto para mí también. Miré la copa de champagne y me concentré para pedir un deseo al 2003: VOLVER A SABER DE SEJO. Tras desearlo con mi mente y corazón, me bebí el champagne, pero no todo, ya que deseaba seguir picando el salmón y otras delicias que mi familia había servido. Pero cuando terminé de cenar ni ganas tenía de sentarme a ver la tele. Tenía sueño atrasado y necesitaba dormir. Me fui a la cama y me pareció raro, porque llevaba días durmiendo entre la calle y el metro. Y desperté a la mañana siguiente con el ánimo más equilibrado, con nuevos bríos en mente y corazón, esperanzas e ilusiones en el 2003, año que recién había comenzado.

El tío Adolfo me preparó el desayuno mientras me levantaba y aseaba. Tras desayunar, me llevó a su taller de mármol, una gran superficie cercana a Leganés, donde hace ya varios años se alza el taller de Mármoles Cortés, en el que hace varios años trabajó mi padre.

Nos tiramos en el taller casi dos horas durante las que Adolfo intentaba apelar a mi conciencia, por así decirlo. Quería hacerme reaccionar, me decía que no podía seguir dando quebraderos de cabeza a mi padre, que siempre quedaba como víctima y al final según él y a los ojos de todos yo quedaba como el malo de la película, o como digo yo, como el villano de la telenovela, que viene a ser lo mismo.

Yo le decía a mi tío que ese año me esforzaría por ser mejor, por no darles a mis padres quebraderos de cabeza, lo que yo decía para que se quedara tranquilo, pues yo por dentro pensaba que era al revés, no era yo el que les daba quebraderos de cabeza, sino ellos a mí. Aunque no niego que algunas veces los haya causado, pues todos cometemos errores, y muchas veces cuando estamos en la adolescencia -y a veces más allá de la adolescencia-, nos volvemos en contra de nuestros padres de una manera exagerada y eso es lo que me pasó a mí. Pero no era el único, lo sé. Eso quizá me consuela un poco.

A mediodía regresamos a casa y pude conversar un poco con mi prima Lucía.

LUCÍA: Qué pena que hayas dejado de ser Testigo. Con lo bien que lo pasamos en verano con los hermanos, ¿no echas de menos la congregación?.

YO: A veces.

LUCÍA: Tú sabes que si te lo propones puedes volver…

YO: Ya lo sé…

Las últimas palabras de mi prima me hicieron pensar mucho. Poco después, supe por el tío Adolfo que mi padre estaba de camino para venir a recogerme y me alegré, pues había decidido no negarme a regresar a Torrevieja. No tenía otra opción, de todas maneras.

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