Sejo, Imperdonable Traición. Capítulo 3: EL DESEO DE UN FIN DE AÑO

Aquella mañana me la pasé durmiendo en los trenes y recorriendo varias líneas de metro como ya había hecho semanas antes, el día que conocí a Sejo por el Chat. Yo seguía preguntándome que había sido de él, porqué me había plantado. Me juré averiguarlo cuando pudiera. Pensaba también en que si mi prima Silvia hubiera estado allí en Madrid, yo no estaría en la calle. La echaba de menos. Extrañaba sobremanera nuestras confidencias y demás cotorreos varios sobre cualquier tema.

Ese día yo estaba deseando que se acabara. Sobre todo, quería que se acabara cuanto antes 2002. De un lado a otro anduve y me vi en serios apuros el día 31, cuando los vecinos descubrieron que yo estaba en la buhardilla y me dijeron que debía irme de allí, pues ese no era sitio para quedarme. No quise hacer caso y amenazaron con llamar a la policía. Pero fue Virginia Almendro -la vecina del tercero-, la que llamó, no a la policía sino a mi padre. Me hizo entrar a su casa pacíficamente y habló conmigo. No podía quedarme allí, claro que no, lo que repitió Dámaso Ríos, el esposo de Virginia, que era farmacéutico.

Mi padre llamó a toda la familia para que alguien me recogiera en su casa unos días. Pero casi nadie estaba en Madrid. Solo mi tía Rufina -hermana de mi abuela Juani-, que no podría hacer nada pese a estar en el hospital junto a mi bisabuelo Bonifacio, que estaba ingresado de gravedad. Los médicos no daban casi esperanzas de que pudiera vivir por mucho tiempo más.

Mi padre llamó a casa de Virginia para decirle que mis tíos de Leganés me acogerían en su casa. Dámaso, su esposo, me llevó en coche a la Puerta de Toledo, pues estaba lloviendo a cántaros. Allá me recogerían, pero yo aún no sabía quien vendría, pues no me habían dicho nombres. Mi primo Justino Cortés no tardó en llegar. Justino era hijo de Adolfo, un tío de mi padre. Justino iba fumando, cosa que me pareció extraña, pese a saber que recién le habían expulsado de los Testigos de Jehová. Desconocía la razón y la desconozco, pero no tiene importancia. Cuando llegamos a Zarzaquemada, en Leganés, mi tío Adolfo y mi tía Valentina me recibieron contentos de verme, lo mismo que mi prima Lucía.

Faltaban pocos minutos para las doce campanadas. En el camino se me había ido casi media hora y llegaba el momento en que el deseo que había formulado se haría realidad: ya tocaba a su fin el 2002, en el que había llorado y reído -más lágrimas que sonrisas por desgracia-, me había divertido y había sufrido. En fin, un año de sonrisas y lágrimas.

Ayudé a mi tío y a mi primo a poner la mesa, que ya estaba casi servida. Cinco minutos después nos dispusimos a cenar, faltando tan solo diez minutos para que sonaran las tradicionales doce campanadas.

Di gracias a Dios mentalmente por no haber tenido que pasar el fin de año en la calle. Hubiera sido terrible.

El tío Adolfo llamó a mi padre para tranquilizarle, diciéndole que ya estaba bajo su techo, lo que alivió a mi madre, quien pensó que debían ir a recogerme a Madrid, lo que yo no supe en ese momento.

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