Sejo, Imperdonable Traición. Capítulo 2: FEDE

Yo vi como un joven entraba en el pub. Nuestras miradas se cruzaron y supe que algo estaba a punto de pasar. Él se dirigió a la barra y se pidió un cubata. No dejaba de mirarme, ni yo a él. Cuando me despisté un momento, pensé que le había perdido de vista, pero le vi cuando me preguntó si podía sentarse a mi lado, en la mesa donde yo estaba. Le dije que sí. Se quitó su anorak de color blanco con una raya roja en medio. No tardamos en comenzar a hablar. Me preguntó mi nombre y se presentó como Fede(apócope de Federico). Me gustó desde el primer momento. Yo a él también. No podíamos dejar de mirarnos. Fue todo muy rápido, pero bonito a la vez. Comenzamos a besarnos y a la media hora me pidió salir.

FEDE: Te dejo que lo pienses, si quieres.

YO: Vale, ahora te digo algo.

No lo pensé mucho y a los pocos minutos, acepté ser su novio. Salimos del Priscilla agarrados de la mano, mirándonos con ternura. Me estaba enamorando muy rápido, de una manera acelerada, pero era amor y eso nadie hubiera podido negarlo. Al día siguiente, yo estaba pletórico y esa felicidad se me notaba en la mirada, como dice la canción: “Se te nota en la mirada que vives enamorada”. Era muy bonito volver a tener novio. Alguien con quien compartir tu día a día, poco a poco. Estaba como en una nube. Nos vimos esa tarde y tomamos chocolate con churros en el Café Figueroa, situado en Chueca. Al día siguiente, también nos vimos y me regaló un christmas con una bonita dedicatoria. Esa noche le escribí yo unas palabras también. Le dí la carta el día 24, Nochebuena, que no podríamos celebrar juntos, por razones obvias, él con su familia y yo en casa de mis padres sin celebración por ser Testigos de Jehová, por lo que yo sufría. El miércoles 25 de diciembre no pudimos vernos, pues mi familia y yo estábamos invitados a comer en casa de la hermana de mi padre, donde pasamos parte de la tarde.

Nos echábamos mucho de menos. Al día siguiente, nos vimos y me llevó a su casa, cercana a la estación de Metro de Eugenia de Montijo. Al principio estábamos solos en su casa. Nos tumbamos en la cama y comenzamos a besarnos. Cuando iba a quitarle el jersey, le dieron ganas de entrar al baño y gracias a eso su padre no nos pilló en el tema, pues llegó en el momento en que salía del baño. Entonces me presentó a su padre, Basilio Bermúdez como a un amigo, pues sus padres no sabían de su homosexualidad. Me quedé a cuadro cuando Fede me dijo que su padre era comisario de policía. Al poco rato llegó su madre, Cruz Pozuelo, a quien me presentó. Esta se mostró más amable que su esposo. Fede me mosqueó cuando le dijo a su madre que yo era un compañero de la universidad, para evitar decirle que yo ni estudiaba ni trabajaba.

Al día siguiente, mis padres regresaron a Torrevieja y se repitió la historia: no me dejaron las llaves, por lo que me quedé en la buhardilla. Si regresaba a Torrevieja corría el riesgo de perder a Federico. Era algo que no deseaba. Ese día comí algo de lo que me había dejado mi madre, un bocadillo de chorizo y algo más de lo que no me acuerdo. A eso de las siete de la tarde me fui a Eugenia de Montijo; y al salir del Metro llamé a Fede desde una cabina. Me dijo que no estaba en casa, pues había salido con amigos.

FEDE: Cariño, de todas maneras espérame en mi casa.

YO: Vale.

Me dio a entender que estaríamos solos, por lo que a las nueve fui a la casa, pero no contestaba nadie. Aún no había llegado. Me quedé por los alrededores de su portal y pocos minutos después vi llegar a su madre, doña Cruz, quien me informó de que se iban de fin de semana para pasar el Fin de Año, lo que me extrañó mucho, pues mi novio no me había dicho nada de eso. Esperé un buen rato en la calle a que Fede llegara y volví a llamar al timbre, pero quien me abrió fue su madre, diciendo que él no estaba y empujándome al interior de la casa, donde me dijo que ya sabía todo sobre mí.

CRUZ: No tienes que seguir fingiendo que solo eres amigo de mi hijo cuando sé perfectamente y por desgracia que eres su novio, situación que no voy a permitir por más tiempo, muerto de hambre. Eres un maricón de mierda, ¿qué quieres tú con mi hijo?

YO: Yo le quiero, deseo seguir con él.

CRUZ: Pues tendrás que olvidarte de él, porque mi hijo no es un maricón. Está confundido y muy ciego tiene que estar para haberse fijado en ti que a simple vista se ve que eres un mariconazo. Si mi hijo es gay, que lo sea pero no le voy a permitir que esté con alguien tan vulgar y tan poca cosa como tú, sino con alguien de su clase.

Era evidente, se sentían superiores por ser su marido comisario de policía. Para colmo, llegó el padre, que no dudó en advertirme que dejara a su hijo pues de lo contrario me haría la vida imposible.

YO: No pienso irme de esta casa hasta que venga Fede y aclaremos esta situación cara a cara.

BASILIO: Mira, chaval, como no te vayas de aquí ya mismo, te juro que te mato tirándote a las vías del Metro como no dejes en paz a mi hijo, ¿está claro?

YO: Sí, despreocúpese que después de esto jamás volveré a ver a su querido hijo.

Me fui corriendo, muerto de miedo por tremenda amenaza. Cruz salió corriendo detrás de mí para asegurarse de que en verdad me iba y quería acompañarme al Metro y me agarró del brazo, pero le juré que no volvería jamás por allí, me iba por mí mismo. Eché a correr velozmente y llegué a una cabina, desde donde llamé a ese malnacido por no haberse presentado en la casa. Me respondió que jamás quería volver a saber de mí, tras de lo cual le llamé de todo y colgué, maldiciendo el haberle conocido.

Me fui corriendo, llorando por lo que había pasado. ¿Cómo era posible?, ¿cómo había tenido que pasar por una situación así? Era espantoso. Quería desaparecer. Me arrepentí entonces de no haberme regresado a Torrevieja y comencé a angustiarme pensando qué sería de mí desde aquel entonces. Me fui a La Latina completamente derrotado y abatido. Llamé a mi prima Silvia, pero en su casa no estaba. Y es que se encontraba fuera de Madrid. Pensé que debía estar en el pueblo de Heliodoro celebrando las fiestas.

Yo estaba muy cansado. Había caminado por horas ese día, por lo que me fui a dormir bajo el Viaducto de Segovia, donde vi un colchón viejo y sucio en el que me acosté. Olía fatal, pero no tenía otra opción. Necesitaba descansar aunque conciliar el sueño no fue nada fácil. Lloré mi desdicha por largo rato recordando ese gran dolor que sentía por lo mal que me había tratado la madre de Fede, al que maldije y juré que el amor que sentía por él estaba muerto. Solo podía sentir desprecio, rencor y el odio más profundo hacia él.

Al día siguiente, me desperté destapado. Alguien había dormido a mi lado y yo ni cuenta me di. Lo supe porque el reloj que llevaba la noche anterior me lo habían robado, pues busqué entre mis cosas y no lo hallé. Me dio bastante rabia, pues se trataba del reloj que me regalaron mis padres cuando me bauticé el 9 de abril de 2000 como Testigo de Jehová.

Me fui del Viaducto de Segovia hasta el portal de nuestra casa con la esperanza de que algún vecino me abriera, porque para colmo también me había desaparecido la llave del portal.

Ese día, tras cambiarme de ropa en la buhardilla, me fui a un cyber de Chueca, prometiendo saldar la deuda lo más pronto posible. En el chat, un señor al que no conocía de nada me propuso sexo a cambio de pagarme 30 €, que no es nada, pero para mí después de lo vivido la noche anterior sería una bendición entre tanta desdicha. Y me prostituí. Sí, he de reconocerlo. Ese señor menos mal que no quiso penetración, pues hubiera sido un apuro, ya que ninguno de los dos llevaba preservativo. Decía llamarse Alfredo. Tras terminar, salimos de la Sauna Men, situada en la calle Pelayo y nos despedimos tras cobrar yo los 30 € acordados. Luego cada cual se fue por su lado. Yo me fui directo a una tienda para cambiar en monedas, pues quería llamar a Fede por teléfono para reprocharle el daño que me había hecho. Me cogió el teléfono furioso y al oír mi voz me llamó de todo: hijo de puta, maricón de mierda y soltó maldiciones como “ojalá te mueras” y “que te jodan, puto maricón”. El alma se me cayó al suelo. No podía más; me sentía incapaz de resistir tanto dolor, tanta angustia. El corazón me dolió al oír semejantes deseos de parte de aquel que días antes era mi novio. Por esto, quise olvidarle; arrancarlo de mi corazón, y no fue nada fácil porque una semana antes en el pub Priscilla se me declaró y me pidió salir. Pero debía olvidarlo. Rompí el christmas en pedazos, llorando a mares, bien cierto es, pero me quedé muy tranquilo al deshacerme de lo que me había regalado. Me fui a comer a un restaurante chino, pensando en lo que podría hacer para no volver a dormir en la calle.

Por suerte encontré las llaves del portal. Las tenía encima, en uno de los bolsillos de la chaqueta vaquera, pero no me había dado cuenta hasta que fui a pagar la comida. Pensé en pasar esos días en la buhardilla. No tenía otra opción. Esa noche me fui a la discoteca MITO. Bailé durante toda la noche. Me olvidaba por momentos de lo que estaba viviendo. Quise pensar que todo era un sueño, pero era la cruda realidad. Más aún me di cuenta cuando salí de la discoteca a las siete de la mañana. Cómo no iba a darme cuenta si no tenía siquiera donde recostar la cabeza. Horrible. Era horrible. Era una sensación que no quería haber experimentado nunca pero que yo mismo me había buscado, por mucho que le quisiera echar la culpa a mi padre. Tenía que reconocer que en parte era culpa mía. Estaba empezando a arrepentirme de haber dejado de pertenecer a la religión de mis padres, que eran Testigos de Jehová y lo siguen siendo.

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