Sejo, Imperdonable Traición. Capítulo 1: NOCHES DE INCERTIDUMBRE

Yo quería libertad. Independencia. Sin más rodeos, quería hacer lo que me diera la real gana. Y lo hice. Pero las consecuencias no fueron para nada halagüeñas.

Corría el año 2002 y a punto de terminar estaba. Por unos siete días sólo quedaba un mes para que finalizara un año que jamás podré olvidar. Era el año en que conocí a mi primer novio, pero ya eso había pasado y quería olvidarlo. Quería desterrar de mi mente, de mi corazón y de mi alma los malos recuerdos vividos meses atrás.

Era día 6 de diciembre de 2002 y mis padres estaban preparando el regreso a Torrevieja, donde después de todo ahora vivo. Yo no me quería ir de Madrid. Quería quedarme. Y aquí comienza la historia de lo que pasó. Aunque antes de todo, presentaré a mi familia, incluido yo mismo, claro está.

Yo me llamo Benjamín Cortés Martínez. Soy castaño y tengo los ojos del mismo color. No soy ni muy alto ni muy bajo, vamos, que soy normal; mido 1,71; peso unos 60 ó 63 kilos, es decir, estoy delgado pero no esquelético; vamos, que estoy bien, eso dicen. Familiares y amigos siempre me han llamado Benja, y a mí me gusta más que Benjamín, que me suena como muy serio.

No quería irme de Madrid. Solo de pensar en regresar a Torrevieja me ponía malo. No podía con esa idea. Tenía que quedarme. Era una idea que me rondaba por la cabeza. Le quité las llaves a mi madre, que se llama Primavera, pero todos la llaman Vera para acortarlo, a pesar de que su nombre es precioso y peculiar.

Se las cogí. Salí de casa. Me fui derecho a Tirso de Molina, donde hay un sitio para hacer copias de llaves y fui a hacerlas. Pero al regresar, la que me montaron en casa fue de campeonato. Mi padre, que se llama Tasio Cortés y de tonto no tiene un pelo, se percató de que las llaves de mi madre no estaban en su lugar y me empezó a gritar que se las devolviera de inmediato.

Perdí esa batalla, pues no tuve más remedio que devolver las llaves sin hacer copia, pues me mandaron al sitio al que había ido para recogerlas sin cumplir mi plan.

Ese día de veras fue borrascoso. Después de aguantar el sermón de mi padre, tuve que escuchar a mi hermana Marta, tres años menor que yo, diciéndome que como no dejara de hacer sufrir a mis padres me las vería con ella. Me resbaló aquello que me dijo y me reí de ella en su misma cara. “Qué miedo me das”, respondí con sarcasmo a su advertencia.

Pero me salí con la mía. Me quedé en Madrid, aunque la única llave que me dieron fue la del portal para dejar mis cosas junto a las buhardillas del séptimo piso. Ese día lo pasé en la calle, pensando en la manera de conseguir dinero como fuera. Pero tenía que inventarme algo para hacerles creer a todos que mi padre me había dejado tirado allí. Me inventé que mi padre me había mentido diciéndome que había ingresado dinero para que me quedara en una pensión pero que cuando fui al banco no había nada. Eso fue un plan trazado para dar lástima a mis ligues.

Al caer la noche, me fui a la buhardilla a dormir pero no pude pegar ojo, pues era muy incómodo, por lo que me fui a mi discoteca favorita de Chueca, MITO. Allí me tiré toda la noche bailando. A las siete de la mañana, me fui al metro y allí recorrí varias líneas durmiendo en los trenes. No tenía otra opción. Pero yo me lo había buscado. Era lo que había pedido: quedarme en Madrid, pues allí estaba. Comí algo de lo que tenía en la mochila y me quedé satisfecho. Me fui a Chueca. Tenía ganas de chatear gratis, y por todo el morro me fui a un cyber en el que me puse a chatear desde las cuatro de la tarde. En el chat de Chueca, rápido comencé una amena conversación con un chico que decía llamarse Sergio y aseguraba tener 18 años. Hablamos por largo rato y nos caímos bien, pero después se desconectó y nunca más volví a saber nada más de él. Después, a eso de las 18.30, un nick llamó poderosamente mi atención: Estabilidad-17. Pinché para iniciar un privado con tal persona, que me contestó rápidamente. En pocos minutos, iniciamos una animada conversación y después nos preguntamos los nombres y le dije que me llamaba Benjamín, pero que prefería que me llamase Benja. Él me contestó que se llamaba Jose pero que todos le llamaban Sejo, por lo que yo le llamé así también. Luego nos describimos físicamente. Él se describió así: “1,77. Alto, moreno, ojos marrones, delgado”. Yo me describí de esta manera: “1,70, castaño, delgado, ojos castaños. Ni guapo ni feo, normal”. Sejo me dijo que se veía de igual manera y escribí “Ya somos dos”. Me dio muy buena impresión. Cuando le conté lo que supuestamente me había hecho mi padre dejándome tirado en Madrid, Sejo no daba crédito a lo que leía. Pero no era todo mentira. En cierto modo, mi familia sí me había dejado tirado en Madrid, porque teniendo un piso deberían haberme dejado una copia de las llaves, pero no fue así.

Sejo me prometió que me ayudaría a vengarme de mi padre y quedamos en vernos el miércoles de la siguiente semana, 11 de diciembre de 2002.

Cuando salí del chat, tuve la sensación de que había conocido a alguien que cambiaría mi vida. Y no estaba en absoluto equivocado. Esa noche tuve una gran idea: ir a casa de mi prima Silvia Perales, para decirle que mi padre me había dejado tirado allí sin llaves.

Fui a la buhardilla a recoger algunas de mis pertenencias y cogí el metro. Hice transbordo en Oporto, y cogí dirección Opañel, donde me apeé. Al llegar a casa de mi prima, ella me abrió por el telefonillo y me recibió con sorpresa. Heliodoro Albertán era el esposo de mi prima, que no se opuso a que yo me quedara a dormir en la casa, lo que yo agradecí. Al día siguiente decidiríamos que hacer. Dormí tranquilo y sereno aquella fría noche de invierno. Di gracias a Dios por lo buena persona que era mi prima, que estaba indignada a causa de la actitud de mi padre hacia mí.

Al día siguiente, hablé con mi prima largo y tendido sobre lo sucedido y me dijo que recogiera todas las cosas que tuviera en la buhardilla y las llevara a su casa. “Tú te quedas aquí”, me dijo. “No voy a dejar que te quedes en la calle”, añadió. Hice tal y como me dijo y llegué a su casa con mis bártulos. Me instalé en la habitación en la que ya había descansado esa noche. Y no había sido la primera vez. Pero eso ya es otra historia.

Mi prima le contó a su madre, Prudencia, que yo estaba en su casa, pues mi padre no se había dignado a dejarme las llaves del piso de La Latina, lo que a mi tía pareció muy fuerte.

PRUDENCIA: Pues has hecho bien llevándole a casa.

SILVIA: Es que si yo no lo hago, nadie lo hace. Recuerda que hace unos meses, llamó a toda la familia para que nadie le diera cobijo en su casa.

PRUDENCIA: Parece mentira que sean lo que son sus padres. Sobre todo el padre, porque yo sé que Primavera no es mala madre.

Mi prima no comprendía cómo mi padre siendo Testigo de Jehová me trataba de tal manera. Ella lo había sido y aún lo era, pero ya no iba a las reuniones, pues su marido no era muy amigo de que fuera y a ella le daba igual perdérselas con tal de no enfadarle.

El miércoles llegó y Sejo no apareció en la cita. Pensé que era yo el que le había plantado, puesto que llegué un poco tarde. Me fui a casa completamente desanimado.

Mi padre llegó a Madrid para llevarme de vuelta a Torrevieja, pero no le fue fácil. Descubrí que estaba allí cuando por casualidad fui a recoger unas bolsas que se me habían olvidado en la buhardilla. Pero no había venido solo, sino que le acompañaba quien por aquel entonces era su amigo del alma, por lo que se veía, pues estaban siempre con mi familia para un lado y para otro. Era también porque Junio Martín, que así se llamaba el que por aquel tiempo fue tan amigo de mi padre, era el padrastro de la mejor amiga de mi hermana Marta por aquel entonces, una bella joven de nombre Belinda Segovia, más conocida como Beli. Eran amigas desde que se conocieron en Torrevieja en el año 2000.

Mi padre me acusó delante de los vecinos de haberle robado dinero a la señora de la limpieza porque le había desaparecido dinero del monedero. No se cortó. Cuando se lo conté a mi prima, ésta se enfureció. Pensaba que mi padre cada día era peor persona. Decía que ella me daba lo que necesitara si estaba en su mano dármelo; que no tenía necesidad ninguna de robar. Heliodoro, su esposo, pensaba que mi padre no era buen cristiano, que se estaba pasando muchísimo conmigo. Mi prima Silvia era de la opinión que había que enfrentarse a él, pero Heliodoro dijo que eso sería mucho peor.

SILVIA: Te aconsejo que te vayas a ver si te da las llaves de La Latina.

YO: Tienes razón. A ver si de buenas maneras podemos llegar a un acuerdo.

Fui a casa y me quedé a dormir, pues Junio le dijo a mi padre que había que solucionar las cosas y él aceptó, aunque no muy dispuesto.Pero Junio planeaba otra cosa. Quería convencerme de que me volviera a Torrevieja con mis padres y desistiera de la idea de quedarme allí en Madrid. E intentó hacerlo. Aprovechó que mi padre le había dejado solo conmigo para que intentara convencerme. Pero yo tenia la idea muy metida en la cabeza y me horrorizaba regresar a Torrevieja. No quería volver. Me inventé que ese día me iría a casa de un amigo, pero en cuanto se fueron rumbo a Torrevieja, yo no dudé en regresar a casa de Silvia, que llamó a mi padre para decirle que yo estaba en su casa, culpándole de lo que me estaba pasando.Como llevaban poco de camino, dieron marcha atrás. Emprendieron el regreso de Madrid con la idea de obligarme a regresar al pueblo que tanto odiaba. Pero era más que eso. Querían llevarme a la fuerza a Torrevieja.

Mi prima me dijo llorando que venían a por mí, dispuestos a llamar a la policía en caso de que yo no accediera a irme por las buenas de regreso a Torrevieja.

Tras media hora de espera, Junio y mi padre llegaron. Su querido amigo vino hacia mí. Me agarró del cuello y me amenazó con hacerme mucho daño si no dejaba, según él, de hacerles daño a mis padres. Mi padre presenció la escena con gesto frío como el hielo, mirándome con severidad, implacable, sin impedir la agresión. Acto seguido, llamó al telefonillo de mi prima. Heliodoro abrió el portal y bajando las escaleras, exigió a Junio una explicación por haberme agarrado del cuello: “No me lo puedes negar, porque tanto mi esposa como yo lo hemos visto por la ventana y ya salíamos a defenderle cuando habéis tocado el timbre”. Mi padre se hizo la víctima ese día y a más no poder. Mi prima Silvia salió a defenderme cuando le oyó gritar.

SILVIA: Tasio, deberías aceptar a tu hijo como es en vez de tratarle mal. Un Testigo no trata así a un hijo…

TASIO: Yo no le trato mal, Silvia, guapa. Es él, que no cesa en su empeño de hacernos sufrir.

Total, que en resumidas cuentas, por mucho que mi prima me defendiera, él tenía que llevar la razón y me puso como el malo de la película. Nos despedimos de mi prima y su marido, tras de lo cual Junio me empujó con fuerza y me metió en el coche tirándome en el asiento trasero. Fue humillante, me sentí como si fuera una mierda en aquellos momentos. Mi padre metió mis pertenencias en el maletero. Se habían salido con la suya. Me llevaron obligado de regreso a Torrevieja. Lloré lágrimas amargas que de nada me sirvieron sino para que de tanto llorar, me provocaron una espantosa migraña. Mi madre se alegró mucho al oír que yo regresaba cuando en carretera, Junio se lo comunicó por teléfono. Por lo que pude percibir, María Eusebia Segovia -la esposa de Junio y madre de Belinda-, también se alegró de que me llevaran de regreso, pues eso significaba que mis padres estarían tranquilos al estar yo de regreso en mi odiada Torrevieja. A mi hermana le resbalaba que yo regresara o no. Estaba harta de verme ir y venir de Madrid. Al regresar a ese maldito pueblo, tuve una bronca monumental con mi señor padre, que me pegó de guantazos por haberle puesto en evidencia delante de mi querida prima Silvia y su esposo, a quien había conocido ese día en persona, pues no estuvo presente ni en su boda el 15 de diciembre de 2001 en el lujoso Hotel Ritz de Madrid.

Al día siguiente, fui a ver a mis abuelos Florencio y Juanita, más conocida familiarmente como La Juani. Se alegraron mucho de verme de nuevo allí. Mi abuela intentaba que me quitara de la cabeza la idea de trabajar en Madrid.

JUANI: Hijo, búscate un trabajito aquí.

YO: Ay abuela, odio Torrevieja, no quiero trabajar aquí.

JUANI: Ya veo que no te entra en la cabeza que para tus padres, sobre todo para tu pobre madre que tanto te quiere, es un trastorno que estés continuamente yendo y viniendo de Madrid.

Las palabras de mi abuela me hicieron pensar un poco. Pero era muy testarudo y cabezón. Lo que yo quisiera era lo que estaba dispuesto a hacer. Me salí con la mía como tantas otras veces cuando mis padres decidieron ir a Madrid el fin de semana siguiente. Mi plan era volver a quedarme allí. Ellos, por su parte, tenían pensado pasar unos días antes de fin de año. El día 21 de diciembre era sábado y llegamos a Madrid a eso de las ocho de la tarde. Se nos hicieron las nueve subiendo las maletas a casa y buscando aparcamiento en nuestro barrio, La Latina, que es algo para lo que se precisa tener mucha paciencia. Mi padre nos preguntó dónde queríamos ir a cenar. Mi hermanito pequeño, Pablo, no tardó en pedir que fuéramos a McDonald´s, para variar. Siempre quería McDonald´s, pero Marta y yo queríamos pizza, por lo que mi hermana y mi padre se fueron a Telepizza a coger la oferta de 2×1 y a McDonald´s para traerle el Happy Meal a Pablito.

Yo me quedé en casa con mi madre pensando que esa noche sin lugar a dudas iría a Chueca. Tenía ganas de salir por allí, aunque fuera solo, por lo que después de cenar me duché y me vestí para irme. Salí de casa a eso de las once de la noche, con lo que mi madre no estaba muy de acuerdo, pero igual salí.

Llegué a Chueca nervioso. No sabía lo que allí me esperaba. Desde la Plaza de Chueca subí por la calle Augusto Figueroa, y en una esquina de la calle San Marcos había un pub que llamó mi atención; era el pub Priscilla, del que tenía una tarjeta para tomar gratis un chupito y no dudé en entrar. En el pub había poca gente. El chupito me lo tomé de un trago como es lo normal y bailé un poco, solo, deseando que ojalá conociera a alguien especial y así estar acompañado. Cuando terminó de sonar la canción Estrella de mar de Amaral, me fui a sentar a un taburete, que había frente a una mesa. Esa noche comenzó siendo de incertidumbre, pero no fue tal. Ocurrió algo que lo cambió todo.

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